Mi otra “La escarpada subida”

Entradas de Mayo 2008

«La militancia tiene que tomar en sus manos la dirección de IU»

Mayo 8, 2008 · Dejar un comentario

Entrevista a Enrique Santiago

Jordi Escuer / Nuevo Claridad

El protagonista de nuestra entrevista hubiera sido Coordinador de IU si se hubiese respetado el resultado de la última Asamblea Federal. No obstante, una maniobra burocrática dio como resultado que esa responsabilidad recayera sobre Gaspar Llamazares. Ahora, tras el batacazo electoral de las generales, que culmina un declive que ya empezó en las de 2000, nos enfrentamos a una nueva Asamblea y queremos conocer los puntos de vista, valoración y propuestas de Enrique Santiago.

Muchos dirigentes de IU consideran el llamado «voto útil» como uno de los factores determinantes de los resultados de IU. Pero el voto útil siempre ha sido un factor constante para IU ¿Por qué en estas elecciones nos habría perjudicado más que en 2004?

El principal problema de IU no es el voto útil. A pesar del mismo, en el pasado hemos llegado a tener 21 diputados. Lo sucedido es que el electorado de izquierdas no ha apreciado que IU tuviera una posición absolutamente diferenciada del PSOE. La opción política de IU durante la última legislatura ha sido presentarse como el apoyo necesario para que las políticas del PSOE avanzasen hacia la izquierda, y eso ha supuesto renunciar a presentar nuestras propias políticas y asumir la alternancia. Lo que hay que discutir es si somos capaces de presentar una alternativa económica real a la del PP y el PSOE.

Planteas que no se puede responsabilizar sólo a Llamazares de la situación. ¿Qué opinas de nuestra participación en el «Tripartit» o en el Ayuntamiento de Leganés, donde se privatiza a pesar de las protestas de los trabajadores?

O, también podríamos añadir lo que sucede en el País Vasco, donde gobernamos con el PNV. Paralelamente a la pérdida de influencia política, de presencia en las calles y en los movimientos sociales, las distintas direcciones han ido adoptando cada vez posturas más posibilistas. Si bien el tripartit fue la opción para acabar con un gobierno de la derecha de años, al final ha entrado en contradicción con los intereses de los trabajadores como ocurre en el tema educativo. Igual pasa en muchos ayuntamientos. Es incongruente que IU defienda una sociedad socialista para al final optar por llegar a las instituciones a cualquier precio. En Leganés, igual se facilita que sea el PP el que llegue al gobierno que se vota a favor del PSOE quince días más tarde. ¿Cuál es el mínimo común denominador de ambas posiciones? Que IU de Leganés esté presente en el Gobierno con determinadas áreas de gobierno. Parece que al final se anteponen los intereses de los dirigentes a la política. Es evidente que no se puede atribuir a Llamazares la exclusiva responsabilidad por lo que ha pasado. Pero se puede ir más allá, incluso los que dentro de IU tenemos una posición distinta tenemos una parte de responsabilidad por no haber sido capaces de centrarnos en los objetivos fundamentales y anteponerlos a los matices o cuestiones secundarias. Hemos de ser muy críticos con lo sucedido en la propia ciudad de Madrid donde, a pesar de contar con un acuerdo mayoritario, no hemos logrado poner en práctica lo que predicábamos.

Tampoco los problemas son de los últimos cuatro años. El batacazo, en realidad, se produce en el 2000. Pasamos de la política de las «dos orillas» a tener un acuerdo preelectoral con el PSOE. Abogar por la unidad de la izquierda es una buena idea pero, ¿qué hicimos mal?

Al final del periodo de la Coordinación General de Julio Anguita hubo un gran debate interno, cuya manifestación más clara fue el conflicto con Nueva Izquierda. La política de las «dos orillas» no se entendió como la confrontación entre el pensamiento único —y las fuerzas de derechas y socialdemócratas que lo defienden— y el de una izquierda alternativa, sino que quedó reducida a un cierto posibilismo tendente a alcanzar acuerdos con quien fuera para enfrentarse al PSOE. En el 2000 tuvimos la reacción contraria, un movimiento pendular. Veníamos de rechazar cualquier tipo de colaboración con el PSOE, pero el PP ya había llegado al gobierno, y lo que IU intenta, sin mucho análisis, es variar su política. Este acuerdo no fue discutido en profundidad ni en los órganos de IU ni entre la militancia. Era animado por una especie de sentimiento de culpa, injustificado, de que pudiéramos tener alguna responsabilidad en que el PP estuviera gobernando, y que buscaba evitar la mayoría absoluta de la derecha. No es que IU no pueda llegar a acuerdos con el Partido Socialista, desde la independencia de su planteamiento político puede llegar a acuerdos puntuales y tácticos con otras fuerzas como el PSOE, pero cualquier acuerdo requiere una reflexión más profunda y colectiva de la que se tuvo entonces.

El acuerdo de 2000 recogía el respeto a Maastricht y a los compromisos con la OTAN…

Y se llegó a plantear que no nos presentáramos en diversas circunscripciones.

¿Por qué a IU le cuesta tanto separar el voto en la investidura de la entrada en los gobiernos? Una cosa no implica la otra.

Tampoco se entiende muy bien por qué si se entra en un gobierno se tiene que consensuar todo. La opción de acceder a un gobierno tampoco debemos rechazarla, pero IU tiene que tener claro que sólo le merece la pena entrar en un gobierno, bien en una situación de emergencia en el Estado, o bien, con la advertencia clara de que entra en una determinada área de gobierno para hacer su política.

Afirmas que las ideas no han fallado, sólo las personas. Sin embargo, cabe preguntarse qué ideas han defendido en la práctica algunos de nuestros dirigentes. Sabes que Ángel Pérez, portavoz de IU en el Ayuntamiento de Madrid, defendió como algo fuera de discusión el papel de mercado «como mecanismo de asignación, dinamización en innovación económica», en el Club Siglo XXI, ¿Qué te parece?

Es evidente que eso no es representativo de las ideas que se han adoptado en las distintas Asambleas de IU. Tendremos que asumir que en un movimiento político y social las personas puedan defender ideas que no coincidan con las propias de una izquierda transformadora, pero seamos conscientes de que propuestas como la formulada en el club siglo XXI hipotecan el futuro de la humanidad. Declarar incuestionable el mercado entronca con el núcleo duro del pensamiento único que en este país defienden tanto el PP como el PSOE.

El problema es defender esas ideas en el Club Siglo XXI y no hacerlo dentro de la organización. Pero en todo caso, sí encajan con medidas como apoyar operaciones especulativas como la de la Ciudad Deportiva del Real Madrid u otras cosas similares…

Aquí entra en juego el denominado «combate ideológico», en el cual la izquierda alternativa lleva años perdiendo terreno, salvo afortunadamente en lugares como América Latina. La izquierda real en Europa, y en nuestro país, ha renunciado a dar ese combate ideológico. No se puede entender que en este país, desde la muerte del dictador, las fuerzas de la izquierda alternativa no se hayan dotado de aparatos de propaganda, de comunicación y de trabajo ideológico y cultural, al igual que los tiene la oligarquía dominante. Nunca entenderé por qué el PCE cerró las emisoras de radio que tenía bajo la dictadura y por qué nunca se pusieron los medios para desarrollar medios de comunicación con impacto mediático real —como se hizo en Italia o Portugal—, y por qué se ha renunciado al trabajo cultural de base, de explicación de las ideas alternativas. El resultado es que no tenemos una herramienta sólida para poder presentar nuestras ideas. No es de extrañar que esa debilidad ideológica, ese miedo a salir de redil y diferenciarse, acabe calando incluso en dirigentes de nuestra organización. Todos es fruto del abandono del trabajo político cultural y ahí mi partido tiene una gran responsabilidad, pues tenía esas herramientas y funcionaban. Se confundió la aceptación del marco constitucional y la democracia burguesa, con renunciar a la batalla ideológica. Y eso tiene consecuencias, incluso en el tema del «voto útil». Si los propias organizaciones y militantes pierden esa capacidad ¿Qué podemos exigirle a la clase trabajadora?

Donde más se nota la crisis ideológica es en la incapacidad para presentar una alternativa económica global a la del sistema. Has defendido la necesidad de establecer un «control público y social» de la economía ¿cómo concretarías esta propuesta?

Acabando con una serie de anatemas. Por ejemplo, el mantenimiento de garantías sociales no tiene porque depender simplemente de la viabilidad económica del sistema de Seguridad Social. Es una falacia intentar presentar cada mecanismo de redistribución de la riqueza social de una forma aislada de los demás. Si la Seguridad Social empieza a ser deficitaria porque realmente asuma y satisfaga todas las necesidades sociales existentes, para eso está el sistema fiscal. Así se permitiría destinar ingresos fiscales para evitar que el sistema de Seguridad Social entre en quiebra. Si ya hay una renuncia previa de todas las fuerzas de izquierda a inyectar recursos públicos a los sistemas de protección social, estamos cayendo en asumir las propias políticas liberales. Hay que apostar por alianzas económicas con países que tienen intereses que coinciden más con nuestras políticas y que poseen recursos energéticos. Y aplicar otras políticas de intercambio. Por ejemplo Cuba, es un país que se ha especializado en desarrollar recursos humanos: profesores, médicos… Si consiguiéramos que los medios de las sociedades más desarrolladas se utilizaran para corregir las desigualdades en los países del sur, se establecerían otras relaciones económicas que nos beneficiaría mutuamente. Lo que hay que cambiar es el intercambio basado únicamente en el valor de cambio, para pasar a otro basado en el valor de uso.

Y cómo cambias esa política, cuando la realidad es que quienes ejecutan en la práctica la actividad económica son un pequeño grupo de grandes multinacionales privadas…

Es otra falacia considerar «españolas» nuestras grandes multinacionales. Las sociedades anónimas no tienen patria ni bandera. El segundo gran paquete accionarial de Repsol está en manos de un fondo de inversión estadounidense. La mayor parte de su capital no es español. Pasa algo similar con Endesa o con los grandes bancos. El capital únicamente conoce de fronteras cuando les interesa, por ejemplo para el control de flujos migratorios. Es un error confundir los intereses de las grandes multinacionales de matriz española con los intereses de España. No tiene nada que ver. Éstas no toman las decisiones con criterios «patrióticos», si no que priman exclusivamente los beneficios.

IU siempre ha defendido el desarrollo del sector público ¿cómo se hace eso?

Las empresas, igual que se han privatizado se pueden volver a asumir por el sector público y eso ya está pasando en otros países como Ecuador, Bolivia y Venezuela. En España se han privatizado las empresas públicas rentables o después de sanearlas con dinero público. No se actúo así para desprender al sector público de aquello que le era deficitario, sino para repartirlas entre los grandes grupos económicos. Es fundamental que el sector público aplique lo que recoge la Constitución española, la planificación democrática de la economía. Que apueste por el desarrollo de nuevas tecnologías, lo que tiene que ir ligado a invertir en educación, a la reforma del sistema educativo, y a parar la privatización que se está haciendo de forma sostenida con dinero público a través de los conciertos.

Sin embargo, en IU hay una resistencia enorme a eliminar los conciertos con la privada…

Renunciar a un control público de la educación es poner en manos del capital la formación en valores de la ciudadanía y permitir que se haga negocio con un bien social como es el derecho a la Educación. La privatización educativa y sanitaria está ligada a la especulación del suelo. Además de ceder la labor educativa y sanitaria a la empresa privada, el Estado les facilita suelo público que les permite más ingresos a costa de los bienes sociales, llegando a dejar que se especule con esos suelos, por ejemplo, construyendo aparcamientos privados. En materia educativa es todavía más delicado, pues estamos dotando de recursos al gran «partido» de la derecha de este país, que es la iglesia católica, para que combata cualquier avance progresista.

También has hablado de defender el modelo de Estado Republicano, federal y unitario, en el que «todos los ciudadanos se sientan libres». ¿Te refieres al derecho de autodeterminación?

El derecho de autodeterminación debe ser reconocido a todos los pueblos. Hay un consenso universal de que eso deber ser así, desde la descolonización. Lo que no vale es reconocerlo en términos generales y no cuando nos toca a nosotros. ¿En qué condiciones debe ejercerse? En aquellas que garanticen que no ocasiona lesiones a los derechos de otros ciudadanos. Hoy en día existen modelos donde se ha regulado dicho ejercicio como es la doctrina del Tribunal Supremo de Canadá. El reconocimiento de ese derecho es justo y posibilita alcanzar acuerdos que permitan unir a pueblos en modelos federales. Desde la izquierda somos partidarios de que los pueblos se unan, no de que se dividan, que aúnen esfuerzos y desparezcan las diferenciaciones, muchas veces promovidas por el capital para dividir a los trabajadores, como pasó en la Primera Guerra Mundial. El modelo que corresponde a nuestro país es uno federal, con el que se puedan conciliar los derechos de los pueblos —que se le reconozca sus características culturales, históricas y políticas—, con el respeto a los derechos individuales y a los mecanismos de solidaridad entre las personas. Sentirse cómodo en ese Estado pasa porque uno sepa que si no funciona tiene derecho a separarse. Este modelo de libre adhesión sólo cabe en un marco democrático y republicano, donde no haya instituciones inamovibles como la monárquica, que además tiene una vinculación histórica con una determinada cultura que simplemente es una más de las que forman dicho Estado. Es obvio que la monarquía no va a aceptar el derecho de autodeterminación cuando ni siquiera reconoce el derecho a elegir al Jefe del Estado. Por otra parte, es contradictorio que en la Unión Europea se reconozca el derecho a Kosovo a separarse de Serbia y que en nuestro Estado no seamos capaces de reconocer tal derecho.

Tampoco en el proceso de paz nuestra dirección ha sido capaz de marcar distancias con el PSOE. Aboga por la unidad de los «demócratas», pero es imposible convencer fuera de Euskadi de la necesidad de respetar el derecho a la autodeterminación de la mano del PP, cuando ésta sería la mejor arma de la izquierda para separar a ETA de su base social…

En cualquier proceso de avance social los distintos actores hemos de dirimir nuestras diferencias mediante el diálogo. No se puede admitir el terrorismo como forma de hacer política. Pero este país lleva cuarenta años padeciendo la violencia terrorista, a pesar de todo tipo de métodos policiales y represivos, que pueden haber debilitado a ETA, pero que no han reducido el sector de la sociedad vasca que defiende su derecho a separarse de España. Ninguna medida de índole policial ha cambiado eso. Si la solución que pretende darle el Estado sigue siendo vista como una imposición por parte de un sector de la sociedad, lo único que se conseguirá es reforzar a los sectores independentistas y estimular la violencia contra el Estado y por la separación. Mientras no se le ofrezca a este sector de la sociedad un modelo en el que tenga derecho a separarse, el problema persistirá.

Hablas de la «confrontación interna» como uno de los problemas de IU. Claro que si esta confrontación fuese en términos políticos no habría problema, todo lo contrario…

La oposición y lucha de contrarios es imprescindible para hacer avanzar cualquier proyecto de cambio social, como lo defendían los clásicos. Cuando se apela a la dialéctica a lo que se está apelando es a la inexistencia de verdades absolutas, ha de haber tesis contrapuestas de las que surjan síntesis superadoras y que nos permitan avanzar. Hay que sustituir la confrontación como elemento de parálisis, por una confrontación política de ideas que nos permita alcanzar una síntesis dialéctica común de toda la organización, que nos permita presentar propuestas creíbles a la sociedad y que todos los militantes hagan suyas porque han participado en las decisiones. IU, o cualquier fuerza de izquierda transformadora, no puede funcionar con una disciplina ciega sino con el convencimiento de todos sus miembros.

Hablas de las dificultades de la dinámica de «mayorías y minorías» pero lo cierto es que los grupos institucionales, una minoría de la organización, detentan el poder efectivo. No se trata de que la militancia «pese más» sino que sea la «dueña» democrática de IU ¿qué medidas propones?

Hay que limitar el poder de los aparatos, que han hecho un gran daño a IU. Cuánto más se han ido reduciendo, más numantina está siendo la defensa de sus privilegios. Hay que hacer reformas estatutarias que limiten la presencia en los cargos públicos y garanticen la rotación en los órganos de dirección a todos los niveles. Se puede ser tan dirigente de IU en un Consejo Político Regional como en una Asociación de Vecinos. Necesitamos otro modelo de órganos de dirección, en los que la mayoría de miembros sean elegidos directamente por las asambleas de base, de forma que puedan ser sustituidos de forma permanente. No tiene ningún sentido que IU se defina como un movimiento político y social, y partidaria de la democracia participativa, y que los órganos de dirección estén reservados a una élite dirigente. Tenemos que tomar medidas que estimulen la participación, el flujo de la información, si queremos que IU funcione como un movimiento político y social y no como un partido clásico. El problema es que hay núcleos dirigentes que, sin decirlo, apuestan por convertir IU en eso. Lo que no tiene sentido es apostar por una Asamblea donde se vaya a sustituir una dirección por otra, sin operar los cambios estructurales necesarios.

Propones una nueva coordinación colegiada como un mejor método de funcionamiento. ¿Pueden cambiar de hábitos quienes llevan décadas empleando métodos burocráticos?

La clave para la supervivencia de IU es que en esta próxima Asamblea consigamos que la militancia tome en sus manos la dirección del proyecto. Hay que acabar con la consideración de determinados dirigentes como estructurales, que llevan siéndolo desde hace veinte años o más, y que parece que tienen un derecho eterno a seguir siéndolo. Si ahora no se produce esa participación de la militancia para conseguir la renovación en las formas de trabajar y en la composición de los órganos —y no es un problema de edades, sino de oxigenación de la organización—, no saldremos de esta situación. La dirección colectiva, en lugar de un coordinador, ni es la panacea ni va a evitar determinadas confrontaciones. Lo que puede hacerlo es el trabajo colectivo de dichos órganos. Tenemos tres años hasta las próximas elecciones, debemos tomarnos esta asamblea como el inicio de un proceso de recuperación y adoptar un método tan sano como hacer una asamblea todos los años, donde se dé la voz a la militancia y valoremos como van las cosas. No se trata de encontrar la piedra filosofal para cualquier situación, sino de tomar las medidas adecuadas para este momento y, si no lo hacemos, esta organización perderá más credibilidad, en primer lugar, entre sus militantes, y, en segundo lugar, ante la sociedad.

Nuestra mayor dificultad, precisamente, es llegar a esa capa de militantes, la mayoría, que no participan en la actividad cotidiana. ¿Cómo podemos convencerles de que participen, que no va a pasar lo que decía Lampedussa, «cambiarlo todo, para que nada cambie»?

Nunca habíamos estado tan mal como ahora, y ante una situación excepcional hay que tomar medidas acordes. No va a motivar a la militancia que al final vayamos a una Asamblea pactada entre los barones de esta organización, donde el debate le sea hurtado a la militancia por una Comisión que, en lugar de preparar esa asamblea, caiga en la tentación de determinar sus conclusiones. Es vital una movilización de los militantes y cuadros de IU para romper las dinámicas de poder y manejos entre barones y familias, en torno al reparto de cargos y puestos institucionales. Seguir con esos métodos es pan para hoy y hambre para mañana, y nos llevarán a desaparecer. Ahora, todavía conservamos una importante presencia autonómica, municipal y social, que nos puede permitir salir de esta situación si hay ese revulsivo interno.

Por cierto, los compañeros se ha quejado del criterio de incluir en la comisión 10 federaciones, dejando al resto fuera. Parece lo lógico que o entran todas o ninguna ¿Qué te parece?

Se está primando a los mayores aparatos de IU, en lugar de los distintos puntos de vista o realidades. Las federaciones pequeñas tienen menos recursos, pero más mérito porque es evidente que están ahí por convencimiento, pues hay poco que repartir. De hecho, están creciendo en votos y quizás refleje esa actividad militante. Esas federaciones deben estar representadas en la comisión, de lo contrario no reflejaría la realidad de nuestra organización.

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«Hace falta una revolución en IU»

Mayo 8, 2008 · Dejar un comentario

Entrevista a Alberto Arregui

Jordi Escuer / Nuevo Claridad

Alberto Arregui es miembro de la Permanente Federal de IU y miembro de la redacción de Nuevo Claridad. Tras las elecciones se ha opuesto a la Comisión elegida en la Presidencia Federal. En esta entrevista recogemos su valoración de los resultados electorales y la crisis de IU.

¿Cómo ves la situación de IU tras los resultados electorales de IU del 9-M?

Los resultados de las últimas elecciones muestran una crisis de IU que nos sitúa en el límite de nuestras posibilidades de supervivencia como proyecto político. No es sólo una crisis electoral, ni ha aparecido como un rayo en un cielo azul, es un paso más, pero un paso cualitativo, en un proceso de crisis permanente de nuestra organización que viene deslizándose hacia este desastre desde las elecciones de 1996.

¿Crees que el bipartidismo, la injusta ley electoral y/o el papel de los medios de comunicación explican el retroceso de IU?

La crisis de IU claro que puede justificarse con la propaganda bipartidista, el papel de los medios de comunicación, la ley electoral… pero estos factores siempre han existido en menor o mayor grado, y darles un carácter absoluto sólo nos llevaría a proclamar la imposibilidad de construir una alternativa anticapitalista, y claro, desde esa perspectiva sólo nos quedaría ser “exigentes e influyentes” con la socialdemocracia (como ha hecho un sector de la dirección de IU estos años), o incluso abrazar la fe neoliberal (como ha hecho públicamente Angel Pérez).

Nuestra tarea no consiste en justificar unos malos resultados sino que tenemos que estudiar y comprender los procesos sociales y políticos de fondo, y sus efectos en la sociedad. Asimismo debemos valorar si nuestra actuación política ha tratado de hacer frente a la presión a favor del sistema, que domina la sociedad, o nos hemos dejado arrastrar por ella. ¡No se ha tratado de un “tsunami bipartidista”, irresistible, inevitable e imprevisible! Más bien ha sido un oleaje que ha barrido nuestra costa durante años, y las direcciónes de IU -tanto federal como de las federaciones principales- en lugar de ponerle remedio ha dejado cada vez más debilitada la organización, en lugar de prepararse para luchar contra el bipartidismo (que desde luego existe), se ha debilitado en todos los frentes, en el de las alternativas políticas, en el de la movilización y en el de la militancia de base. Porque si fuerte es la caída de votos, más fuerte es, proporcionalmente, la caída de actividad de nuestras organizaciones de base.

¿Cómo caracterizas la crisis que padece IU?

Debemos decirlo claro: ¡la crisis de IU es, ante todo, una crisis de dirección! Pero usando el término dirección en su sentido más amplio: quienes han compartido las tareas de dirección y determinado las decisiones de IU en la última década en el ámbito federal. Necesitamos direcciones que sumen, que multipliquen la fuerza de la organización, y hasta ahora hemos tenido direcciones que restan, que desgastan. Y no es sólo una cuestión de Gaspar Llamazares, o de la dirección federal. Es mucho más amplio; el nivel de burocratización se ha reproducido y a veces es más penoso aún a escala local (como en el caso patético de la ciudad de Madrid).

Es también una crisis de incapacidad de análisis político: se dijo que los resultados de las elecciones municipales demostraban la fortaleza y recuperación de IU, cuando era todo lo contrario. Se han buscado tablas de salvación en la entrada en los gobiernos de Euskadi y Catalunya, o en pactos municipales, para «tocar poder» a cualquier precio.

Es una crisis, en definitiva, que muestra el fracaso de un concepto de hacer política, siempre determinados por la política del gobierno del PSOE, siempre profesionalizados, sometiendo la organización a los grupos institucionales, contando con las bases sólo para las campañas. Y es una crisis agravada por una dirección que ha sido incapaz de dar la voz a la militancia, de garantizar la democracia interna. Los derechos de los militantes han sido violados incluso en sus aspectos más elementales en casos flagrantes como Madrid, Asturias, Salamanca…y, como broche final, la dirección federal se unió a esta praxis antidemocrática de algunas direcciones regionales y pretendió torcer la voluntad de la militancia del País Valenciano, abriendo un capítulo más de crisis interna en la víspera de la campaña electoral y empezando una purga en la Permanente Federal.

¿De dónde puede venir el impulso vital que cambie la dinámica descendente en la que parece atrapada IU?

IU muestra una dirección, en sentido amplio, totalmente agotada, y sólo una revolución interna, desde las Asambleas de Base puede dar a este proyecto el aire fresco que necesita. Un cambio de abajo a arriba, en el sentido más literal de la expresión: todos los implicados en la política de IU en los últimos años deben apartarse de cualquier cargo dirigente en la organización, y poco a poco, también, de los cargos públicos.

Sólo de estas organizaciones de base puede venir la recuperación de IU como lo que es: la expresión de una necesidad política, de un arma de lucha contra el sistema, no podemos admitir que IU sea un apéndice crítico de la socialdemocracia, ni una plataforma para llevar a las instituciones a políticos que viven de esto.

¿Cuál crees que debería ser el eje político de esa revolución interna?

La definición anticapitalista, por la transformación socialista de la sociedad, la planificación democrática de la economía a través de la propiedad social de los principales medios de producción y financieros debe constituir la columna vertebral de la política de IU. No puede ser una declaración a guardar en un cajón. Tiene que impregnar nuestra política cotidiana, por ejemplo exigiendo la nacionalización de los sectores financieros y de los grandes monopolios empresariales, de forma inmediata. O exigiendo la existencia de empresas públicas de la vivienda, oponiéndonos a financiar la enseñanza privada o la sanidad privada con un sólo euro público, y tantas otras cosas.

Pero no basta con eso, debemos acompañarlo con una renovación de todos los equipos de dirección y con una estricta democracia interna. Está en los estatutos de IU, pero casi nadie lo cumple: la asamblea es el marco de donde deben partir las decisiones, de abajo hacia arriba. Ahora es justo al revés. Esa sería la revolución: todo el poder a las asambleas.

En la reunión de la Presidencia votaste en contra de la composición de la Comisión que debe preparar la próxima Asamblea Federal, ¿por qué?

Porque es un apaño entre los de siempre que deja a la base al margen. Si se dice que en la Comisión tienen que estar las Federaciones representadas no es aceptable que estén unas sí y otras no. O todas o ninguna. Sin embargo solo estarán 10.

IU no puede ser una unión de reinos de taifas, tal como sucede en la actualidad, ni puede aceptar que las direcciones apoltronadas, de dos o tres federaciones fuertes, «se pongan de acuerdo» para controlar la organización. IU tiene que ser una auténtica organización federal, con verdadera solidaridad interna, además de asumir su defensa de un Estado federal, plurinacional y republicano.

¿Por dónde empezarías tú esa revolución interna que preconizas?

Los censos deben limpiarse de abajo a arriba, el sistema es sencillo: se abre un período de inscripción para la participación en la Asamblea Federal, con una firma presencial y el abono de una cuota extraordinaria para sufragar este proceso.

Exigimos una renovación completa de las direcciones y de los representantes en las instituciones y que se aplique una severa incompatibilidad de cargos públicos con cargos de dirección en la organización. Los grupos institucionales deben trabajar no sólo de acuerdo, sino bajo la dirección de los órganos de IU en sus ámbitos territoriales. Debemos acabar con los privilegios de una élite. Os pongo un ejemplo: alguien puede no venir nunca a los órganos de dirección a trabajar y discutir, pero sí dispone de un cargo público, por ejemplo alcaldesa de una ciudad o portavoz de un grupo institucional, hace declaraciones a la prensa diciendo lo que quiera acerca de IU, sin someterse a ningún control democrático. Esto, además de lo que supondría de deslealtad, sería trasladar el esquema burgués de «la democracia» a la vida política en IU, y es inadmisible.

¿Crees que esa revolución interna puede garantizar el futuro de IU?

En última instancia, la crisis de IU es un resultado de los procesos en la sociedad, especialmente tres. En primer lugar la vuelta al capitalismo en los paises del Este de Europa, la vieja URSS y China, que ha tenido un efecto desmoralizador y ha agudizado la crisis ideológica de la izquierda. A esto debemos unir, algo relacionado, un largo período de auge económico capitalista que ha llevado a muchos dirigentes de la izquierda —incluida IU— a «aceptar» el capitalismo como el único sistema posible. Y en tercer lugar la falta de movilizaciones sociales, en gran medida como consecuencia de los anteriores factores objetivos y subjetivos.

Por tanto, en definitiva, sólo de la movilización en la sociedad, de los jóvenes, de las mujeres, de las familias obreras, puede venir un cambio social en el que podamos basarnos para poder convertirnos en una fuerza decisiva. Por supuesto, la condición es recuperar la confianza en la transformación socialista de la sociedad. Todo esto no se hace en un par de días, pero es una necesidad ineludible.

La condición previa para ello es la movilización interna, una verdadera revolución en IU, un cambio que coloque la lucha por la transformación social por delante de cualquier otro interés, que no frustre todas las energías y esperanzas depositadas en IU, sino que sea capaz de convertir el apoyo social que aún tenemos, de casi un millón de votos, en una palanca poderosa de transformación social.

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